1001 historias de amor en Goa

Recuerdo mi primer día en Anjuna, estaba algo cansada, desorientada y la verdad que con un poco de bajón después de mis primeros días, quizás decepción, quizás un poco de nostalgia, incluso puede que hasta desilusionada.

Apenas llegué al hotel me cambie de ropa, cambie mis zapatillas por las chanclas y los vaqueros por los shorts. Necesitaba desconectar, y a la vez conectar con algo, me di un largo paseo por la playa de Anjuna, recuerdo que había mucha gente, muchos bares, la gente se lo estaba pasando bien, disfrutaba. Yo aún no. ¿Qué pasa conmigo? Es posible que India no sea para mí, puede que sea yo la que está bloqueada y no llega a ese punto de disfrutar de cada instante.

Me dedique a tomar fotos de gente bañándose, cantando, bailando… quizás a través de mi objetivo pueda encontrar la conexión que necesito.

Era el atardecer, así que me senté en una terraza, me pedí una cerveza y disfruté en silencio de la puesta de sol. Fue un momento de paz, de armonía y de desconexión. Nuevamente desconexión. ¿Qué me está pasando? Esta no soy yo.

Regrese al hostal y en el jardín en amplios sofás había gente sentada, no los conocía. Me senté, empecé a hablar con ellos… las horas pasaban volando. Michelle era mi compañera de habitación, una profesora australiana. Sonreía, me contaba cosas sobre Australia, sobre sus alumnos. Luego empecemos a hablar de política, de historia. Es la clase de persona que sabes que puede llegar a ser tu amiga. Nos entendíamos. A la conversación se iban uniendo más y más personas, otras chicas australianas, un chico de Reino Unido y Kim. Kim posiblemente sea la persona más hermosa que mis ojos hayan visto. No hablo de un chico guapo o atractivo. No, digo hermoso. Kim era alemán de ascendencia vietnamita. Era ingeniero y había trabajado en Pamplona por lo que intento hablar español en un acento muy gracioso. Hablemos de nuestros viajes, experiencias, planes…

En aquel momento me di cuenta. En aquellos sofás improvisados hechos de pales y colchones, en aquel rincón del jardín rodeados de mosquitos, bebiéndonos una cerveza y fumando un cigarro… encontré la conexión.

Aquella noche después de una larga conversación salimos a cenar y a tomar algo todos juntos. Fue divertido. Comer un curry de pescado con los pies enterrados en aquella arena suave de color tostado. No hay sensación que disfrute más que la de mis pies en la arena.

Luego nos fuimos a bailar. Habíamos bebido unas cuantas cervezas y necesitábamos algo de ejercicio. Entramos una terraza con música, por un momento pensé que estaba en España. Pedimos unas copas y nos fuimos a la pista de baile. Todos bailamos, mejor, peor…. Pero lo pasábamos bien. Junto a nosotros había un grupo de chicos y chicas de la India. Se notaba que eran de clase alta porque las botellas de Moet Chandom no paraban de vaciarse. Era la otra cara de India. Todos vestían muy bien, tod@s eran guap@s, parecían sacados de una película de Bollywood. Una de las chicas se me acerco porque pensaba que era india (me pasa a diario así que me he inventado una historia sobre mí, soy india pero crecí en el extranjero, mi nombre indio es Champa. Me di cuenta que era más fácil contar esto que decir que era de España y que no me creyeran)

De repente me encontraba bailando con todos ellos, me ofrecían comida, champagne… pero lo mejor de todo era bailar con ellos. Siempre he dicho que India me parecía intensa, y así es todo. Incluso el baile. Aprendí unos pasos de panjabi con ellos, el paso de apretar la bombilla, de arrancar el caballo, de que te lleven a hombros, y sobre todo el de saltar. Aquello parecía un concierto de Ska. Todos saltaban, chocaban, se reían … seguían bebiendo.

Después de 40 minutos de cardio estaba bastante cansada así que regresamos al hostal. Llevaba tiempo sin bailar tanto y pasármelo tan bien en un periodo de tiempo tan corto (¡eran las 00:30!) Aquella noche dormí como un bebe.

Al día siguiente Michelle me abandonaba. Ella se dirigía a Sri Lanka a pasar la navidad allí. Me dio pena. Pero así funciona esto. Probablemente la visite en Australia.

Aquel día fui a la playa, hice algo de deporte, comí una pizza extraordinaria en un bar de un chico italiano y me fui a echar una siesta. Estaba agotada. Al atardecer volví al mismo sitio y como si de una rutina diaria se tratara, me dirigí al jardín. Era mi rincón favorito. Alrededor de aquella mesa se mezclaban acentos, historias, experiencias…

Dos chicos de Mumbai que iban al casino cada día, perdían cada día y aun así se reían de ellos mismos, y nosotros de ellos. Los dos americanos que estaban recorriendo el país en motocicleta y de cómo pasaban cada control de la policía por el módico precio de 10 euros, de su accidente en la moto y su aventura en el hospital. El australiano que estaba de año sabático y no sabía cómo decirles a sus padres a falta del último año de carrera no quería ser médico. El chico de Bangalore que tras 9 años de matrimonio de conveniencia está esperando a que su mujer termine la carrera y consiga un trabajo para que se divorcien legalmente.

Aquella mesa estaba llena de historias, de risas, de repelente de mosquitos, cerveza barata… y compañía. La gente me sigue preguntando: – ¿Y cómo te has ido sola? – He de contestar que probablemente este es el momento de mi vida donde menos sola me encuentro.

La gente iba y venía. Eran relaciones intensas, sin prejuicios, sin aparentar, sin tratar de caer bien. En pocas horas llegabas a conocer a una persona como si la conocieras desde hace años, es por eso que siempre te daba pena ver a alguien marcharse. Aquello parecía la casa de Gran Hermano.

Cada día alguien nuevo, cada día una nueva historia. Cada una de sus vidas las tengo grabadas a fuego. Eran horas y horas hablando. Éramos simplemente personas. No había diferencia de sexo, de estatus social, religión, postura política, de edad…. Por suerte o por desgracia era la única chica en el hostal junto a Di, Di era la chica que trabajaba en recepción. Probablemente la chica más dulce que puedes conocer. Nunca me sentí incomoda, ni excluida, hablábamos del amor, de los viajes, del trabajo, de la situación política de cada uno de nuestros países. Era sencillamente maravilloso.

Siempre me he sentido rara, porque pienso diferente a los demás, o tengo una visión de la vida un poco “extraña”, pero al fin me sentía normal. Conocí a Thomas, el chico misterioso que hablaba poco, de mirada picara y sonrisa eterna. A Diego, de Perú con una energía contagiosa, le gusta mucho hablar y cuando se ríe apenas ves sus ojos. Era imposible aburrirte con él. Eran como yo. Simplemente viajan alrededor del mundo. Me entienden. No juzgan. Compartimos vivencias.

Mi última noche fue especial. Salimos todos. Mis 10 chicos y yo. Yo y mi harén. Nunca he estado tan cómoda rodeada de tanto hombre. Nos reímos, bailamos polka con unos rusos, algunos saltaron a la piscina en calzoncillos siguiendo a los rusos. Fue una noche mágica.

Con algunos de mis chicos…este post se lo dedico a ellos.

 

Y me enamoré.

Aunque no me di cuenta hasta hoy que es cuando dejé el hostal. Hoy era a mí a quien le tocaba irse. No quería, fue duro, pero así funciona esto. Solo voy a 20 kilometros de aquí pero se que es casi imposible que nos volvamos a encontrar.

A veces conoces a alguien, que ni es muy guap@, ni muy gracios@, ni os lleváis muy bien… y la verdad no crees que puedas llegar a enamorarte de esa persona, simplemente te dejas llevar.

Eso me ha pasado a mí, me deje llevar. Y sin darme cuenta me enamoré de nuevo, me enamoré de su olor, de su sabor, de sus curvas, de sus gestos, de sus contrastes, de su caos.

Me enamore de India.

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